Aunque se
considera principalmente economista, Hayek entiende que las respuestas a muchos de los
acuciantes problemas de nuestro tiempo se basan en principios que caen fuera del campo de
la técnica económica o de cualquier otra disciplina aislada. Por ello, aun partiendo de
una preocupación originaria por los problemas de la política económica, deriva hacia la
ambiciosa tarea de buscar encuadre y fundamentación en los principios básicos de una
filosofía de la libertad.
Los fundamentos de la libertad (editado por Unión Editorial, Madrid) es,
según numerosos autores, uno de los libros más importantes del profesor Hayek, que luego
desarrolla con más extensión estas mismas ideas en Derecho, Legislación y
Libertad
A diferencia del libro que publicara en 1944, Camino de Servidumbre, no es
éste un libro político sino científico. El mismo autor nos explica: su objetivo
es describir un ideal demostrar cómo puede alcanzarse y explicar lo que su realización
significaría en la práctica. Para ello, la discusión científica es un medio y no un
fin.
Dueño de una impresionante cultura filosófica, jurídico-política y económica, Hayek
da en este texto un enfoque totalizador al gran tema de la libertad. La obra se divide en
tres partes. En la primera muestra por qué queremos la libertad y lo que ésta trae
consigo. Se trata de una discusión principalmente teórica y filosófica que envuelve un
examen de los factores que determinan el progreso de la civilización. La segunda parte es
un examen de las instituciones que Occidente ha desarrollado para asegurar la libertad
individual, abordando estos problemas con sentido histórico en orden a facilitar, a la
luz de un ideal sólo parcialmente realizado, la solución de los problemas de nuestros
días. La tercera parte es una aplicación práctica a algunas críticas situaciones
económicas y sociales de hoy, fijándose, sobre todo, en aquellas materias en las que una
falsa elección entre las distintas soluciones posibles daña más a la libertad:
sindicatos, previsión social, política tributaria, vivienda, instrucción,
investigación, entre otras.
Hayek sabe que la causa de la libertad no prevalecerá si no despierta motivaciones
emocionales. Conoce también los peligros de abordar con frialdad y métodos puramente
intelectuales un ideal de tan honda raíz emotiva A pesar de todo, su obra pretende
facilitar la comprensión, no encender entusiasmos. Como él mismo dice aun cuando al
escribir acerca de la libertad la tentación a provocar estados emocionales es a menudo
irresistible, me he propuesto, en la medida de lo posible, mantener la discusión con
espíritu de sobriedad. Esa sobriedad que, no menos que la hondura y el realismo,
constituye una de las más destacadas cualidades del ilustre Premio Nobel de Economía.
Citamos a continuación un breve fragmento:
El liberalismo (en el sentido que tuvo la palabra en la Europa del siglo XIX, al que
nos adherimos en este capítulo) se preocupa principalmente de la limitación del poder
coactivo de todos los gobiernos, sean democráticos o no, mientras el demócrata
dogmático sólo reconoce un límite al gobierno: la opinión mayoritaria. La diferencia
entre los dos ideales se individualiza más claramente si enunciamos sus oponentes. A la
democracia se opone el gobierno autoritario; al liberalismo se opone el totalitarismo.
Ninguno de los dos sistemas excluye necesariamente al opuesto. Una democracia puede muy
bien esgrimir poderes totalitarios, y es concebible que un gobierno autoritario actúe
sobre la base de principios liberales.
El liberalismo es una doctrina sobre lo que debiera ser la ley; la democracia, una
doctrina sobre la manera de determinar lo que será la ley. El liberalismo considera
conveniente que tan sólo sea ley aquello que acepta la mayoría, pero no cree en la
necesaria bondad de todo lo por ella sancionado. Ciertamente su objetivo es persuadir a la
mayoría para que observe ciertos principios. Acepta la regla de la mayoría como un
método de decisión, pero no como una autoridad en orden a lo que la decisión debiera
ser. Para el demócrata doctrinario, el hecho de que la mayoría quiera algo es razón
suficiente para considerarlo bueno, pues, en su opinión, la voluntad de la mayoría
determina no sólo lo que es ley, sino lo que es buena ley. |