| Consumiendo el capital |
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| escrito por Webmaster | |
| 05.03.2010 | |
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Consumiendo el capital Alejandro Colle Periodista y economista Control de precios, tarifas subsidiadas, nacionalización de la banca, estatización de servicios públicos. No es la Argentina de hoy, sino la de 1953, ocho años después de que Juan Domingo Perón decidiera que las reservas internacionales que atesoraba el Banco Central merecían mejor destino que el mero respaldo de la moneda. Quizás lo de la bóveda del BCRA repleta de lingotes de oro sea un mito. Lo que es cierto es que al asumir en 1946, Perón se encontró con u$s 1.700 millones, según las estadísticas del Banco, producto de las exportaciones agropecuarias realizadas durante el periodo de guerra y de la imposibilidad para importar bienes de capital. A valores de hoy, considerando que más de dos tercios estaba en oro y el resto en libras esterlinas, serían unos u$s 40 mil millones. En su discurso de asunción ante el Congreso, Perón anunció la estatización del Banco Central (era mixto) y que con las reservas cancelaría toda la deuda externa. De 1946 a 1948 las reservas cayeron a sólo u$s 3.700 millones. Pero el oro se aplicó no sólo a ese fin, sino también a la nacionalización de empresas de servicios públicos y la banca. La economía ya no funcionó con los criterios de eficiencia que pusieron al país entre las cinco potencias del mundo. Los empleos, el crédito y los subsidios iban a los amigos. Y, como decía el General, a los enemigos, ni justicia. Los exégetas del primer justicialismo sostienen que aquel modelo nacionalista fue el único que permitió la creación de una infraestructura económica que dio paso a la producción, el empleo y el crecimiento. Los detractores, en cambio, afirman que la experiencia de nacionalización de la banca, las empresas de servicios, el transporte y el comercio exterior a través del IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio), terminó en una emisión monetaria descontrolada, el consecuente control de precios para reprimir la inflación resultante, y el aislamiento de la Argentina a nivel internacional. Pero, por si no hubiera quedado claro si fue bueno o malo para el país, el modelo justicialista primitivo tuvo su revancha en 1973 con el regreso de Perón del exilio. Otra vez la misma receta. Y también el resultado: fuertes distorsiones en los precios relativos que terminaron en el “rodrigazo” de 1975. Con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se vuelven a repetir varias de aquellas fórmulas: cancelación de la deuda con el FMI (Perón siempre le dio la espalda; lo calificó de “monstruo peligroso” y “engendro putativo del imperialismo”), reestatización de los servicios y de las jubilaciones, y ahora, la reorientación de las reservas del Banco Central para ponerlas al servicio del modelo. Esto puede significar tanto la garantía del pago de la deuda, como la atención del gasto corriente, la ayuda a ciertas provincias afines, o mantener girando las ruedas de una maquinaria estatal que ya maneja casi 45% del PBI argentino. El historiador Mario Rapoport admite que el primer peronismo pudo haber cometido errores en la utilización de las reservas internacionales, pero en su descargo explica que esas reservas estaban mayormente comprometidas por la descapitalización del país en el periodo de la guerra y que una parte existía solo en la contabilidad del Banco de Inglaterra. Es decir, que no eran de libre disponibilidad. El profesor Roberto Cortés Conde, coincide: dice que todo el oro del Banco Central en el 46 no era superávit, sino déficit en la modernización de la industria, para lo que debería realmente haber sido empleado. Cuando en 2006 Kirchner decidió tomar parte de las reservas para deshacerse del FMI y dispuso una enorme quita en la deuda, Cortés Conde formuló una observación a la letra de la marcha peronista, que bien podría haber tenido validez cuando se estatizaron las AFJP o ahora con la intención de cambiar el destino de las reservas. Sugirió que en vez de “combatiendo” el capital, debería decir “consumiendo” el capital. |
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